(Source: youjustinspiredme, via edeita)
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Oscar Wilde (via filosofiaencastellano)
(via heryens)
A veces me da por imaginar situaciones hipotéticas. Roces hipotéticos, labios hipotéticos, colores hipotéticos. Imágenes hipotéticas de gente hipotética. Solo para calentarme el corazón un rato.
Hoy estaba sentada, imaginando, y me di cuenta de que me sentía más cómoda de lo normal… mi cabeza dijo “Es que ya has soñado esto antes”, y pensé “¿pero con quién estoy soñando que me siento tan cómoda?”…
… Cuando la imagen se hizo nítida fue un “oh, claro”. Y luego una media sonrisa y un “… Hum. Interesante”.
Últimamente me fascina recordar.
En estos días he llegado a pensar
que amor es
poder estar solo
pero con alguien.
(No sé si me explico, pero recuerdo que cuando tenía unos once años, leí a Pinto decirle a Mumpo “Conmigo puedes estar solo”).
(…)
(Es increíble como marcan ciertas cosas).
(via 1000drawings)
I really want a love like george and pattie had
Fotos como ésta me hacen reconsiderar mi odio irracional hacia Pattie Boyd…
(Source: tsiwt-and-shout, via beatlebible)
Me quiere,
No me quiere,
Me quiere,
No me quiere,
Me quiere,
No,
No me quiere.
A la una
A las dos
y a la sien.
Corina Michelena.
A los seis años de Inés
Si quiebran el corazón del cielo
-de su fractura-
no lloverán alas de ángeles;
en cambio,
caerá implacable el envés del granizo,
su alter ego:
esos granates trozos de carbón
-en plena madurez- arañarán
su semblante de placenta
-como los huevos magros de un cuervo.
Y el cielo,
que no se merece este mundo,
-a siete años sombra de la tierra-
sabiamente se contraerá al fondo
de una pupila:
al centro de un solo astro.
Cuando definitiva
la inmensidad se retire,
no tendremos telón de los lamentos,
que seque sus collares verticales:
las lágrimas de San Pedro.
Puedo pasármela sin ese cielo,
-no estaré para entonces.
Pero tengo una niña en ciernes,
a punto de sí misma,
entre los brazos intrusos de la vida:
a mitad de la Luna,
a un cuarto menguante de las patas
del macho cabrío.
Es indispensable que el cielo persista
para que sus seis años sobrevivan,
en el relámpago:
esa memoria roja e imprevista
que precede al olvido.
Si Sodoma
fuese minuciosamente desbrozada
-en el pajar-
hallarían la aguja de un justo.
No pido,
-a cambio de su alma-
la salvación del mundo,
ruego se redima
-gracuas a la sospecha
de que esta niña exista-
uno solo
de mis perniciosos versos.
Yo te bautizo Inés:
Anémona y óbolo del poema habitable
que fue escrito en seis días
y tachado en uno.
Para que tu reino fuese entre nos
-es decir, a mitad de mis pulmones-
hizo falta que Durero tallara el Apocalipsis,
y que nuestros antepasados
-estampa por estampa-
lo cumplieran.
Como la última gota de la estirpe
has sido destilada, no nacida,
por eso cubres la duración de un pájaro,
sustraído, a la bóveda romántica
de la falda materna.
No pido a Dios por ti.
Le ordeno.
Yo te revelo Inés:
Si el galeón de tu caparazón
se mueve a sotavento;
si el cielo se incinera
por la velocidad de su caída;
si llueve
lava
sobre quemado;
aún así,
estarás a salvo.
Sé, de buena fuente
que los últimos mansos
en abordar el arca de Noé
fueron tus ojos.
No habrá ninguna baja
entre tus útiles escolares,
encontrarás intactos:
El corazón de Dimitri Karamasov,
la máscara de Rosa Coldfield,
y tus alas de Rilke.
Descorren la escenografía:
la tierra rota
sobre un eje imaginario,
yo también.
Tú
serás lo último que pida
que pierda.
En algún grado,
ajena a mis desdichas
en todos,
su frágil contrapeso.
Corina Michelena
“Honra de sierva” México: Universidad Veracruzana, 2003.
Cuando niña
de visita a Urama
recogía, abría y revisaba guayabas
para todos,
hasta que un viejo me dijo
que así no se comía la guayaba,
que había que cerrar los ojos
y que si tenía o no tenía gusanos era cosa de dios
o de sorpresa en el fruto que saliera con mejor sabor.
Yo seguía las instrucciones
y me comía cada tarde con las tripas revueltas
todos los gusanos de Urama.
Posiblemente ese haya sido
el primer contacto de mi lengua
con el sabor de la muerte
en los mejores frutos.
Con el tiempo aprendí a hacer mermelada,
a desaparecer el tacto baboso y frío
en el hervor de la hornilla,
aunque siempre sintiéndome cobarde.
Hoy quisiera otorgarte aquel sabor.
Pedirte incluso que no me permitas olvidar
la paciencia o el error
de aquella niña de diez años
sentada a la sombra cada tarde
y aprendiendo, sin saber,
a tragar
tu pedazo de muerte
y tu pedazo de vida.
Guayabo- Gabriela Kizer. (via sirenadecristal)